lunes, julio 19, 2004

"Iré allí."


 
 

“Iré alli” –le dije-. “Iré allí por nosotros”. “Estaré allí antes que tú” –dijo él, sonriendo-. “Viajo más deprisa”. Pocos días más tarde, el 1 de Agosto de 1988, Ray y Tess se besan tres veces en los labios diciendo "te quiero". A las seis y veinte de la mañana siguiente, Raymond Carver muere víctima de un prolongado cáncer en un hospital de Seattle. Días más tarde, Tess Gallagher lee una de las muchas cartas que durante semanas llegaron al correo de su casa de Port Angels procedentes de todo el mundo lamentando la desaparición del escritor norteamericano. El remitente era un hombre llamado George Allington, de Boston, poeta aficionado, admirador de Carver y director de un modesto periódico local. En una carta larguísima repleta de alabanzas, comenta en uno de los últimos párrafos:
 
“… Lo que voy a contarle a continuación, Sra. Carver, quizá vaya a parecerle absurdo, pero es en realidad la razón principal que me ha llevado a escribirle esta carta. El día en que murió su marido  mi mujer y yo nos encontrábamos en Moscú de luna de miel. Aquella tarde fuimos al cementerio de Novodevichi a visitar las tumbas de los escritores rusos. Sra. Carver, sé que le va a parecer una locura, pero estamos seguros de haber visto esa misma tarde a Ray junto a la tumba de Chèjov, al pie de su modesta lápida blanca, bajo el arce y el abedul que le procuran sombra. Hasta estuve tentado de acercarme a saludarlo pero mi mujer me lo impidió. Estaba muy serio, vestía la misma chaqueta  de cuero marrón con la que aparece en los periódicos,  las manos en los bolsillos y parecía sumido en profundos pensamientos, así que, a instancias de mi esposa, preferimos no molestarlo… Era él, Sra. Carver, se lo aseguro… llevaba en la mano derecha, encuadernado en piel oscura, el  libro “Pabellón número 6”… de Chèjov…”
 
Tess Gallagher, aún con la hoja de papel garabateada entre las manos, lejos de mostrar asombro o tristeza, sonríe y murmura con voz apenas audible, como si pensara en voz alta: “Sí, Ray, es cierto, tú viajas más deprisa…”
 
DOMINGO POR LA NOCHE 
  
Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este pitillo de entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.
 
Raymond Carver.
 
 
“Hace doce o quince años, en una casa de su propiedad, situada en la calle principal de una ciudad de Rusia, vivía con su familia el funcionario Grómov, persona seria y acomodada. Tenía dos hijos: Serguei e Iván. El primero, siendo ya estudiante de cuarto curso, enfermó de tisis galopante y murió muy pronto. Su muerte marcó el comienzo de una serie de desgracias que cayeron súbitamente sobre la familia. A la semana de enterrado Serguei, el padre fue procesado por fraude y malversación, falleciendo poco después en la enfermería de la cárcel, donde contrajo el tifus. La casa y todos los bienes fueron vendidos en almoneda, quedando Iván y su madre privados de recursos.
En vida de su padre, Iván vivía en Petersburgo, estudiando en la universidad; recibía de casa 60 o 70 rublos mensuales, e ignoraba lo que pudiera ser la necesidad; luego, en cambio, hubo de modificar radicalmente su vida: de la mañana a la noche tenía que dedicarse a dar clases -muy mal pagadas- o a hacer de copista, pasando hambre a pesar de todo, pues enviaba la casi totalidad de las ganancias a su madre. Iván Dimítrich no resistió; desanimado, se quedó como un pajarito y, abandonando los estudios, se marchó a su casa. De regreso en su ciudad natal, y valiéndose de recomendaciones, obtuvo una plaza de maestro en una escuela; pero como no congenió con sus colegas, ni tampoco gustó a los alumnos, pronto renunció a su puesto. Murió la madre, Iván Dimítrich anduvo cosa de medio año cesante, alimentándose tan sólo de pan y agua; y luego encontró un empleo en la Audiencia que ocupó hasta que fue licenciado por enfermedad.
Nunca, ni aun en sus jóvenes años estudiantiles, dio sensación de salud. Siempre fue pálido, flaco, resfriadizo; comía poco y dormía mal. Una copa de vino bastaba para darle mareos y enervarle hasta el histerismo. Aunque buscaba la compañía de la gente, su carácter colérico y sugestionable le impedía intimar con quienquiera que fuese y tener amigos. Hablaba con desprecio de sus conciudadanos, diciendo que su grosera ignorancia y su existencia soñolienta y animal le parecían repulsivas. Se expresaba con voz de tenor, fuerte, apasionadamente, tan pronto indignándose airado como admirándose jubiloso; pero siempre con sinceridad. Fuese cual fuere la materia de que se hablara con él, todo lo resumía en una conclusión: la vida en aquella ciudad ahogaba y aburría; la sociedad carecía de intereses vitales y arrastraba una existencia oscura y absurda, amenizándola con la violencia, la perversión más burda y la hipocresía; los granujas estaban hartos y vestidos, mientras que los honestos se alimentaban de migajas; hacían falta escuelas, un periódico local honrado, un teatro, conferencias públicas, cohesión de las fuerzas intelectuales; urgía que la sociedad se reconociera a sí misma y se horrorizara. En su apreciación de las personas, no utilizaba sino tintas cargadas, pero sólo blancas y negras, sin matices de otro género. Para él, la humanidad se dividía en honrados y canallas; no había cualidades intermedias. De las mujeres y del amor hablaba siempre con apasionado entusiasmo, aunque nunca estuvo enamorado.
Pese a la rigidez de sus juicios y a su nerviosismo, en la ciudad le querían; y a espaldas suyas le llamaban con el diminutivo de Vania. Su delicadeza innata, su naturaleza servicial, su honradez, su pureza moral y su levita usada, su aspecto enfermizo y los infortunios de su familia, engendraban un sentimiento bueno, cálido y triste. Como, por otra parte, era instruido y leído, la gente lo creía enterado de todo; y por eso hacía las veces de un manual viviente de consulta.
Leía muchísimo. Sentado en el club, tocándose, nervioso, la barba, hojeaba revistas y libros. Y por la cara se le notaba que no leía, sino que engullía lo que pasaba ante sus ojos, sin que le diese tiempo a masticarlo. Cabe suponer que la lectura fuese una de sus costumbres enfermizas, pues se lanzaba con la misma ansiedad sobre todo lo que se le ponía a mano, aunque fuesen periódicos o calendarios del año anterior. Cuando estaba en su casa, siempre leía acostado.”
 
Anton Chèjov. De Pabellón número 6 
  
 

jueves, julio 15, 2004

La niña y el Diablo




Como cada noche la niña volvía a la casa grande donde él esperaba sentado en el porche, trepaba por sus piernas huesudas hasta llegar a su regazo y allí preguntaba con su boca pequeña de finos labios:

- ¿Hola?

Pocas eran las veces en que el Diablo respondía, pero casi siempre sonreía. Una delgada línea trazada a cuchillo en los labios, una mueca indefinida e inescrutable.

- He comprado un libro. “La Metamorfosis” se llama –decía la niña, siempre con una sonrisa perfumada de melocotón entre sus desvanecidos labios- . Mire, lo he traído conmigo.

Entonces la niña sacaba el libro de uno de los bolsillos de su falda y le leía al Diablo algunos párrafos. Otras veces, sólo compartía con él pensamientos, sentimientos acumulados durante el día y que caían durante la noche sobre su regazo convertidos en una fina y plácida lluvia de palabras.

Al diablo no parecía importarle. Incluso alguien que hubiera podido atravesar su sonrisa inexpugnable hubiera dicho que parecía gustarle. En realidad, agradecía esa sencilla y refrescante lluvia de palabras que humedecía sus piernas y limpiaba el aire. Hacía demasiado calor en aquella casa enorme y el olor a sulfuro, salitre, carroña y plumas de cuervo no ayudaba a mejorar la delicada salud de sus pulmones.

Aquella noche, cuando la niña se marchaba extendió una de sus garras y le ofreció una flor azul que ambos veían pudrirse con rapidez por el tallo. La niña aceptó el regalo, tomó veloz la flor antes de que la podredumbre llegara a los pétalos, bajó de nuevo por sus piernas y se marchó dejando tras de sí el mismo perfume suave a cacao labial de melocotón.

martes, julio 13, 2004

Fragile...




No hace mucho volví a pasear por las afueras de la ciudad, donde los edificios se van apagando hasta desaparecer y dar paso a una huerta feraz. Anduve los mismos caminos ya recorridos en otras ocasiones donde hace dos primaveras una miríada de lirios embellecían y perfumaban el paseo. No me costó demasiado encontrarlos: grandes y llamativas letras de neón donde se podía leer “El pistilo rosado” iluminaban el borde del sendero. Los lirios que un día engalanaban el camino con su sola belleza habían decidido abrir un burdel. Dos lirios de color violeta me ofrecieron sus servicios contoneando sus esbeltos tallos. Más tarde, cuando el sol maduraba con lentitud de fruto enorme tras las suaves colinas me dirigí hasta el cerezo donde otras tardes como aquella había contemplado el atardecer escuchando el trino virtuoso de los ruiseñores. Apoyé la espalda en el tronco y esperé. Pronto sentí gotas húmedas en mi nuca, sobre la cabeza. Miré hacia arriba, y allí estaban: tres ruiseñores de pecho amarillo me escupían desde sus altas ramas.

Nadie es indemne. Decía alguien que la propia vida es una plaga. Una lenta enfermedad que nos contamina poco a poco y nos despoja. Vivir es ir despojándose de cosas: de agilidad, de fuerza, de belleza. Pero también de otras cosas: nos despoja de la ilusión, de la inocencia, de la ingenuidad. A partir de cierta edad es muy difícil encontrar personas ingenuas… Es como… como encontrar un unicornio hocicando tranquilo en el jardín de casa. Si la llamé ingenua no lo hice con ánimo peyorativo, sino todo lo contrario: como algo extraordinario, difícil de ver hoy en día. No estoy acostumbrado a tratar con mujeres como usted. De un tiempo a esta parte trato con mujeres que arrastran los pies y miran con hielo en las retinas, que dejan crecer zarzas al final de los dedos de sus manos y salivan arsénico. Por eso no dejo de asombrarme cuando veo a una mujer caminar varios centímetros elevada sobre el suelo, la mirada serena y clara, inmune a la nube espesa de smog vital que asola como una plaga nuestra existencia. La ingenuidad es también un arma poderosa. Pero no tenga prisa, ya tendrá tiempo de escupir desde su rama o de abrir su propio lupanar. Por el momento déjeme disfrutar de esta… su primera primavera…

Siempre es una delicia leer sus palabras. Hoy me va a permitir que haga algo que llevo tiempo queriendo hacer sin atreverme, porque supone manejar material frágil. Pero desde que las vi supe que esas palabras buscaban un destino que usted les había negado. Precisamente por esa ingenuidad de la que le hablé… esa bendita ingenuidad…

Mensaje de sábado o de domingo.

Tengo en la pared dos cuadros
hechos con un solo trazo.
Un perro y una jirafa.
Tengo en el empeine de mi pie derecho una fea herida.
Las sandalias a veces son agresivas.
Tengo el calor dentro del cuerpo.
Anyway, mensaje de sábado o de domingo,
de una madrugada cualquiera.
¿Qué hacen ustedes?

No quiero meterme en la cama,
no podré dormir.
Daré vueltas sobre mí misma
hasta que por la espalda comience a correr el sudor.
Entonces, me levantaré y beberé agua.
Uno, dos, tres vasos,
puede que más.
Bebo cantidades de agua alucinantes.
Pero no sólo ahora,
que hace demasiado calor, sino siempre...
Adoro el agua.

No sé por qué de un tiempo a esta parte duermo menos.
No sé por qué pienso más.
No sé por qué follo menos de lo que me gustaría.
Oh, sí, sí lo sé...
Es que cada vez me gusta menos gente.
O que soy demasiado perezosa.
Porque así es, ciertamente,
a menudo me da pereza follar.
Como me da pereza bajar música desde la red.
Pero, cuando lo hago,
cuando me pongo a ello
después lo quiero todo...
el disco completo,
el in crecendo…

Tribecca. (4/07/2004 04:00)


Lo estaba pidiendo a gritos y si Carver ayudó a los escritos de Chèjov a romper las crisálidas y transformarse en mariposas, no veo por qué no puedo hacerlo yo también con los suyos. Me fascinan casi tanto como los del ruso fascinaban al americano. Y ambos, en cualquier caso, lo vimos muy claro. Seda y mariposas. Sin artificios.


:/

miércoles, junio 30, 2004

To be by your side






Debe ser el calor viscoso que veo derramarse al otro lado del cristal de la ventana. Debe ser la luz tamizada de la tarde filtrándose a través de las estrechas hendiduras de la persiana baja. Debe ser este zumo de naranja con hielo que bebo a sorbos cortos, demorándolo lo justo en la lengua para que frío y sabor desaparezcan garganta abajo despojados ya de sentido. O debe ser este delicioso libro de poemas de Milosz que N. me regaló esta mañana sin motivo alguno. “No está en la mano de todos convertir un día normal de una persona en otro especial, distinto, único”, escribió en la primera página con esa letra infantil, sin aristas y ligeramente soplada hacia la derecha que tanto me gusta.

Sí, definitivamente fue su “dádiva”… sin lugar a dudas… lo que me ha convertido hoy en otro: como si me hubieran acariciado el lomo…

DÁDIVA

Un día muy feliz.
La niebla se levantó pronto, trabajé en el jardín.
Los colibríes se demoraban sobre las madreselvas.
No había cosa en la tierra que yo deseara poseer.
Sabía que no merecía la pena que envidiase a nadie.
Cualquier mal que hubiera sufrido, lo olvidé.
Pensar que una vez fui el mismo hombre no me molestaba.
En el cuerpo no sentía dolor.
Cuando me estiré vi el mar azul y velas.

CZESLAW MILOSZ


Siempre me gustó este poema… me relaja… redime mis muchos pecados. “Me hace bien”, que hubiera dicho mi abuela…

miércoles, junio 23, 2004

Lenguaje



Para tí.


Vivo con una jirafa alcohólica, dos patos, un fox-terrier enano y un ficus. Y hasta hace poco menos de dos meses también con una tortuga boba y un pez payaso. Ahora viven ambos en una casita con jardín a las afueras de Ljubljana.

Coincidió con la marcha del pez payaso y la tortuga boba. Pasaba largas horas en silencio sentada mirando por la ventana. Un buen día la encontramos frente a la misma ventana, sumida en el mismo silencio pero abrazada a una botella de whisky “The wild turkey”. Más tarde, cuando ya habían retorcido sus miserias hasta la náusea, supimos que la jirafa estaba enamorada del pez.

El pez es un afamado pintor. “El mejor retratista de azules de la actualidad” como lo definió el “Artist Fish Herald” en el último reportaje que le dedicaron a su obra. Los críticos hablaron de una profunda perturbación vital en sus últimos cuadros reflejada especialmente en un azul más oscuro que en algunas de sus obras rozaba el azul abisal. “Es el color del desamor”, respondió él cuando le preguntaron por el cambio cromático de su azul en la última entrevista que concedió. Después conoció a la tortuga boba y se marcharon a vivir a Eslovenia en lo que todos consideramos una huída hacia delante, una desintoxicación de tiempo y distancia. No hace mucho volví a ver uno de sus nuevos cuadros en una revista especializada. El azul no había cambiado. Azul abisal. Porque desde que la miró por vez primera con sus grandes ojos de pez supimos que el pez payaso estaba enamorado de la jirafa.

W. Jr. es un pato bajito, apuesto, elegante, culto, muy inteligente y sobre todo… taimado. También es un tipo cruel. De esa clase de crueldad hastiada y sutil que nace del desengaño y de una temprana pérdida de la inocencia. Más que perdida, robada. Es el novio de la jirafa, a la que trata como una hermosa figura de cristal. Algo para enseñar a las visitas. Es escritor. Un escritor sin nombre que sólo escribe por dinero. Es lo que vulgarmente se llama “un negro”. Algunas de las mejores novelas, artículos periodísticos y ensayos de los más renombrados escritores de este país han sido escritas por W. Jr. “La fama es algo efímero y molesto, yo gano más dinero que ellos sin los inconvenientes de la fama” suele repetir en círculos privados. Es un mercenario de la pluma, como el mismo se define. Pero en realidad, es sólo un mercenario. Porque no tiene escrúpulos ni siquiera consigo mismo. Desde un principio supo que la jirafa y el pez estaban enamorados pero en lugar de sufrir con ello, disfrutó. Viendo cómo se transformaban en seres miserables, alienados, despojos de ser humano, viendo cómo pervertían sus sentimientos hasta convertirlos en una grotesca forma de parafilia, henchidos de amor podrido, contaminados por su propia cobardía, viéndolos morir de amor día tras día. Ya dije que W. Jr. es un tipo cruel. Sin escrúpulos.

W. Jr. tiene un hermano: J. Es la cara opuesta a su hermano. Alto, franco, sin sombras. Un buen tipo aunque escaso de inteligencia. Es dos años mayor que W. Jr, al que admira y ama. Llegaron aquí juntos, buscando un lugar soleado donde vivir. Creemos que J. es la única persona a quien W. Jr. respeta y quiere pese a que lo trata como a un imbécil. J. adora a la jirafa y sufre cuando la sorprende bebiendo, con pesadas lágrimas rodando por su cuello esbelto. Muchas veces lo hemos descubierto vaciando en el lavabo las botellas que ella esconde por toda la casa. Es como una hermana para él. En una ocasión la jirafa estuvo tres días desaparecida. Fue J. quien la encontró al cuarto día en el galpón mefítico de un motel de carretera atada a los barrotes del cabezal de la cama, desnuda, con un cuello de botella de bourbon alojado en el sexo, drogada y al borde de un coma etílico. Dos meses después, cuando se celebró el juicio, tres operaciones de cirugía plástica no habían logrado devolver al tipo que dormía junto a la jirafa esa noche el aspecto que tenía antes de encontrarse con los puños de J.

Del fox terrier enano y el ficus poco puedo decirles. Sólo que a veces el perro se orina en él como cualquier perro. Y que intentamos sobornar al ficus con un pulverizador de agua para que broten nuevas hojas.

Quizá todo esto pueda resultarles a ustedes extraño, absurdo, grotesco. No podría ser de otra manera. Sólo hay una persona en este mundo capaz de entender lo que esta noche les cuento. Todos ven las mismas letras, las mismas vocales, las mismas consonantes, pero sólo ella es capaz de leerlo correctamente. Es nuestro lenguaje secreto.