domingo, julio 12, 2009

"El mar bajo mi culo y el cielo sobre mi cabeza".


Foto de M. R.

Suelo decir que la pereza es la suerte de los amantes de la belleza. Lo he corroborado muchas veces. Cruzando el Karlúv Most en dirección a Malá Strana en Praga a las 4 de la madrugada, cuando ya los adolescentes ingleses y americanos han ido a vomitar la absenta a sus sórdidos hostales del barrio judío y los rebaños de jubilados centroeuropeos dormitan en sus establos de lujo bien abrevados. Al amanecer, sentado en el puerto, frente a la cercana isla de Lokrum mientras espero por el este los primeros rayos de sol que pronto iluminarán los muros de piedra blanca de la fortaleza de Dubrovnik. A medianoche, al amparo del frío y la humedad de Venecia en invierno. Este mundo globalizado en el que cualquier confín del mundo está al alcance de un solo click de ratón no está desprovisto de encantos. Es hermoso. Y en ocasiones, para descubrirlo, basta tan sólo con no dejarte vencer por la pereza. Consiste en vivir un poco más que el resto. En sobrevivir.

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Nos levantamos temprano. Y desayunamos en la terraza observando el mar completamente en calma, aún cubierto por un débil manto de oscuridad. A esa hora de la mañana parecería que sólo existiéramos nosotros, las olas suaves que lamen la orilla de la playa, el puntito luminoso de un barco lejano en el horizonte y nuestras deliciosas tostadas calientes con tomate, sal y aceite. Sobre todo ellas. Al menos para nosotros y para los dos pequeños gorriones que las observan, con excitado nerviosismo, posados sobre la barandilla.

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Al dirigirnos a la playa con el kayak me fijo en un hombre sentado en un banco del paseo marítimo. Es un anciano. Viste pantalones azul marino, una camisa blanca de manga corta y una gorra de color verde. Tiene la piel bronceada por el sol. Levemente inclinado hacia delante, con los antebrazos sobre las rodillas sigue con la mirada las velas en el horizonte y las estelas de los barcos que se alejan mar adentro. Nos saluda con la mano al vernos llegar. No sonríe.

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En apenas media hora de navegación a buen ritmo y contra el viento arribamos a la playa Amarilla con el sol todavía reflejado en los cristales oscuros de nuestras gafas. Como imaginábamos, encontramos la playa desierta. Es la misma playa que un par de horas más tarde encontraremos infectada de barcos de recreo y motos de agua y contra cuyas jodidas estelas deberemos batirnos el cobre a la vuelta. Antes de llegar decidimos costear por los amplios fondos arenosos de aguas turquesas de los acantilados de la punta del Cambrón. A cada momento pequeños bancos de peces saltan del agua en un enjambre plateado frente a nuestra proa. A varios metros de profundidad, bajo el agua cristalina, un par de sombras más grandes nos acompañan durante la travesía. Besugos de lomo rojizo, tal vez. Los otros, los de espalda rojiza, como he dicho, llegarán afortunadamente un poco más tarde pilotando bañeras de recreo y motos acuáticas. Su pesca, la de los segundos, desafortunadamente está prohibida.

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Rodeamos la isla del Fraile siempre a favor de la brisa que sopla del sureste, el anciano Argestes, el viento cálido que guía los rayos del sol y hace madurar la fruta y el trigo. En la época en la que los hombres aún llamaban a los vientos por sus nombres de dioses, la isla estuvo habitada por pescadores que elaboraban el apreciado “garum”, una salsa elaborada con diferentes tipos de especias y vísceras de pescado. De hecho, hasta hace algunos años, antes de la aparición de los expoliadores –me resisto a llamarlos piratas- con neoprenos y gafas del Decathlon aún podían encontrarse ánforas y vasijas romanas en los hermosos fondos de algas y rocas escarpadas del islote. Haz memoria. Seguro que alguna vez te han enseñado o visto alguna. Normalmente están en el recibidor. Dentro están las llaves de casa y del coche, un mechero y los miserables y molestos céntimos de euro que quedan sueltos en los bolsillos del expoliador de turno. Expoliador, sí. Llamémoslos con propiedad. Los piratas gastan doblones de oro.

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Nos guarecemos del viento y de las olas del mar abierto en uno de los recodos de la parte oeste de la isla y mientras damos cuenta de nuestras empanadillas de atún soltamos los primitivos aparejos de pesca. Un anzuelo con lombriz viva, plomos, hilo y un corcho. Amarro mi remo en la proa, estiro las piernas, entrecierro lo ojos y miro el cielo. Nos sobrevuelan la cabeza las siluetas recortadas en sombra de varios cormoranes y gaviotas bajo el sol ya casi de mediodía. Son instantes de intensa felicidad. Consciente de sentir el momento como irrepetible y fugaz porque sé que la felicidad no es posible de otro modo. Es una sensación de plenitud que te nace en el estómago y asciende quemándote la garganta hasta acabar en los lacrimales. Es el jodido síndrome de Stendhal. Mientras recojo el sedal veo reflejos plateados en su extremo. Es un precioso pez doncella. Lo libero con cuidado del anzuelo y lo devuelvo al mar. Lo observo alejarse ajeno y confiado bajo el agua hacia la felicidad amenazada de nuestra preciosa pradera de posidonias.

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Volvemos. Y mientras nos acercamos a la orilla regreso a la mirada del anciano del banco de esta mañana. Ya no son sus ojos. Sino los míos. Los de Ulises, muchos años más tarde de su regreso, mirando el mar junto a Penélope desde el porche de su casa de Ítaca. Es una mirada triste. Casi desolada.



jueves, julio 02, 2009

Él

Muchos años después creí verlo en aquel pub durante mi última noche en Praga. Fue una visión fugaz, una alucinación, una aparición que tomó forma corpórea durante unos instantes en el humo del tabaco, el vapor de la absenta y la luz estroboscópica. Cuando intenté enfocar la mirada buscando su rostro allí donde creía haberlo visto, entre un pequeño grupo de gente que bailaba, ya había desaparecido. Me despedí apresuradamente y me marché. Alguien me agarró de un brazo y yo me desasí con fuerza. Tenía que irme. Me había encontrado. Estaba seguro. Mientras regresaba al hostal a recoger todas mis cosas y poner en orden mi mochila lo imaginé conduciendo día y noche por carreteras secundarias y un mapa desplegado en el asiento del copiloto. Botellas de vino vacías tintineando entre sus pies, restos de comida y aquella fina sonrisa, como trazada a cuchillo, indestructible entre sus labios.

Al llegar a casa él ya estaba allí. Como otras veces. Su maletín de doctor victoriano sobre el aparador de la entrada y su sombrero borsalino de fieltro gris en el perchero. Recostado en el sofá del salón, mientras miraba la televisión, alzó el brazo que sostenía una botella de cerveza a modo de saludo.

Hoy, a pesar de que hace mucho tiempo que volví a perderlo de vista, me acordé de él. Es un recuerdo. Sigue estando ahí. Me acecha.

martes, junio 09, 2009

Puerta de Oriente


"Bebe el agua vibrante. Acaricia la piedra con mano delicada. Da tu adiós a Occidente, si lo posees, y vuélvete hacia Oriente..."

Robert Byron

domingo, junio 07, 2009

Día de tiburones


Dibujo de Sutpen


Fue un día horrible. Uno de esos días en los que en otras circunstancias uno podría declarar una guerra, enviar un ejército de aviones kamikazes a bombardear Pearl Harbour o, vistiendo capa y chistera, practicar con el bisturí en un callejón oscuro en el Londres de 1888. Y probablemente, si separamos una por una todas las causas, resultarían ridículas. Por completo absurdas. Pero también en ocasiones uno se cansa de ridiculizar, de banalizar las cosas, de ser comprensivo y flexible y necesita sentirse Áyax reclamando furioso la armadura de Aquiles, Edipo rey escupiendo insultos a Tiresias, y descargar toda esa mierda que lleva dentro enviando a sodomizar a quien se cruce en su camino, amigos incluidos. Aún sabiendo que alguno incluso podría llegar a disfrutar con ello.

Entonces –nunca antes evitar la destrucción mundial había resultado tan barato- compro un billete de tren de ida y vuelta sin el propósito de llegar a ninguna parte, me acomodo junto a la ventana soleada de alguno de los asientos, saco unas cuantas cuartillas y un bolígrafo de mi mochila y dibujo con trazos firmes e intensos. Dibujo tiburones. Siempre tiburones. Blancos, grises, toro, tigre, martillo. Un vaso de naranjada con mucho azúcar, como solía hacer mi abuela –posiblemente la persona que mejor ha entendido la mecánica de mi cólera- también serviría. Pero vivo de una forma tan incierta, tan provisional; mi vida está tan jodidamente cogida con hilos que ni siquiera me atrevo a comprar un exprimidor.

Cuando regreso, ya de noche, más calmado, con tres preciosos e iracundos tiburones en mi mochila, me entero de que David Carradine, el hombre que dulcificaba las tardes de domingo de mi infancia ha muerto intentando hacerse una paja en la habitación de un lujoso hotel de Bangkok.  Pienso que, pese a todo, quizá vaya siendo hora de comprarse un puto exprimidor.

miércoles, junio 03, 2009

La respuesta




"Una noche Chuang Chou soño que se había convertido en una mariposa que revoloteaba alegremente sin saber que era Chuang Chou. De pronto se despertó, siendo Chuang Chou. Y surgió la duda de si la mariposa era un sueño de Chuang Chou o Chuang Chou era el sueño de la mariposa. Y eso que la mariposa y Chuang Chou son bien diferentes. Y esto se llama transformación del ser."

Te pedí que me explicases el significado de esa historia. En aquel tiempo estaba convencido de que no había nada sobre la faz de la tierra que no fueras capaz de explicar. Me escuchaste, sonreíste y te lo apuntaste todo en aquella diminuta libreta en la que siempre atardecía. Me dijiste que tenías que consultarlo y que después me darías una respuesta.

Pero nunca me la diste.