No te hablo de vivir eternamente un instante. Porque la eternidad es una aburrida falacia. Te hablo de revivir un instante. Y de hacerlo de forma idéntica. Intacta. Exacta. Beber de nuevo este té de manzana sobre la misma alfombra de Anatolia y bajo el mismo cielo púrpura. Te hablo de volver a este lugar cuando lo desee y que nada haya cambiado. Que el mismo atardecer siga habitando las mismas esbeltas siluetas recortadas en sombra de Sultanahmed y Santa Sofía y que idénticos barcos surquen las mismas plomizas aguas dejando tras de sí idénticas fugaces estelas de espuma. Volver al pensamiento de que nada es para siempre y bendecir de nuevo esta certeza. Que la eternidad de un instante es una condena aunque esta sea de belleza eterna. Que lo único que quieres es llevarte este trocito de Estambul envuelto en un trapo limpio dentro de tu mochila y sacarlo de cuando en cuando y volver a disfrutar de él sin que nada haya cambiado. Volver al deslumbrante tesoro de cristal que ocultaste en una pared hueca cuando eras niño. Sí, pero volver a él siendo el mismo niño. Sólo en ese caso la eternidad deja de ser una condenada falacia para convertirse en un hermoso imposible. Yo sé que me entiendes.
Desde la orilla asiática del Bósforo, mirándote sentada a lomos de la vieja Europa…
Un beso,
M.
Estambul
Se han derribado
todas las casas con jardines traseros
para que los chicos que quieren salvarte
de entre los rascacielos
desatando tus manos
ligadas con maromas
de los puentes colgantes
no organicen una banda.
(Sunay Akin)
martes, octubre 26, 2004
Postales malditas de benditos lugares.
miércoles, septiembre 15, 2004
The Hundred
Hay anillos de pétalos secos alrededor de los jarrones y búcaros. Pistilos sin dientes. Hojas retorcidas y ocres. Abro todas las ventanas y la luz se arrastra de forma lenta por el suelo lamiendo cada centímetro de oscuridad adherida a las paredes, alojada como un insecto viscoso, húmedo y negro en los rincones. La oscuridad a veces, pasado algún tiempo, se estanca, y se convierte en algo tangible. Algo con lo que pudieras mancharte si lo tocaras. Poco a poco el aire, al contacto con el sol, se llena de estrellitas doradas de polvo y adquiere la textura de sueño viejo. De infancia. Subo escaleras y dejo mi vieja maleta, ajada víctima de la infamia de los aeropuertos, sobre la cama. Todo sigue igual. Las estanterías con los mismos libros. El escritorio atestado de papeles garabateados ordenados según inescrutable lógica, el ordenador portátil, algunos dibujos y algunos bocetos que nunca llegarán a serlo. Todo bien a la vista. No soporto que nada escape a mi control. No soporto no saber dónde está algo. Todo está ahí encima. Sólo tienes que mirar en la dirección adecuada, Sutpen. Mi guitarra bosteza sobre una silla. O se sorprende de verme de nuevo. Nunca sé si el oído de Irene es un bostezo o una mueca de asombro. Últimamente creo que es lo primero. Sé que es una estupidez poner nombre a una guitarra, pero hasta las más increíbles estupideces del ser humano tuvieron un motivo. Por descabellado y desolador que pudiera ser. El caso es que no podría llamarse de otra forma.
Bajo la escalera con mi mochila de tela desgastada colgada del hombro, salgo al porche y me siento en una de las mecedoras. Pronto el sol llegará a su cénit y el mundo a mi alrededor dejará de proyectar sombras. Adoro ese momento en el que todos dudamos por un instante de nuestra existencia, en el que nos convertimos en seres sin sombra. El mismo jardín. Sí, es cierto, algo desgreñado, dotado de cierto descuidado desaliño como el hombre o la mujer que despierta de un sueño largo y devastador tras una mala noche de alcohol o de hospital. La hierba un poco más alta y algunas hojas secas en los parterres de flores. Pero el mismo. Tomo el pulso a mi tristeza. Y no aparece. Suele hacer aparición tras viajes como éste. Pero esta vez volví directamente al Ciento. Y eso lo cambia todo. El Ciento siempre me reconcilia con la realidad de una forma dulce, cálida, sin ruido. Ambos nos necesitamos mutuamente. Quizá yo algo más. Hice bien al obviar aquel desvío de letras blancas sobre fondo azul en el kilómetro X de aquella nacional X. Hice bien al no encender el móvil cuando bajé del avión. Los aviones sufren retrasos. Todo el mundo sabe eso. Y los móviles se quedan sin batería. Es otra verdad incontestable. Yo no sabía y tal. Tengo dos días sólo para mí. Para despertar con suavidad, escuchando el trino de los pájaros al amanecer y el viento cálido azotando cada tarde las copas de los árboles. Para volver a la jodida realidad entre los brazos acogedores de esta casa, este jardín, esta tierra. Ahora abro la mochila y saco los dos libros de poemas que compré durante mi viaje. Es una verdadera suerte haber encontrado las traducciones en inglés. Y más suerte todavía haber hallado la traducción al español de uno de mis poemas favoritos, para leerlo aquí, en el porche, en voz alta. Y que los pájaros me escuchen. Y que el viento me escuche. Y que la tierra me escuche. Si no me dolieran tanto los nudillos hablaría, incluso, de un buen día…
:/
Momo Salvatore Giancana
era su verdadero nombre
Murió en una carbonera de Chicago
Sam Giancana
Con un cigarro cubano en la boca
Sam montaba en cadillacs rosas
calzando zapatos de piel de cocodrilo
Momo Salvatore Giancana era su verdadero nombre
Sus amigos sólo le llamaban Sam
El sello que llevaba en el meñique
Era regalo de Franki
Sam ascendió al trono en lugar de Al Capone
Sus mejores amigos eran
Frank Sinatra, Sammy Davis, Dean Martin
Y el joven irlandés John F. Kennedy
Tiraban Porsches a las mujeres guapas
Como se tiran migajas a los pájaros
Momo Salvatore Giancana, jefe de la Mafia
Calzando sus zapatos de piel de cocodrilo
Con su camisa de seda
Murió en una carbonera de Chicago
En lugar de ser presidente de los EE. UU.
Quería Franki ser un jefe menor en Mafia
Para Sam cantaba la canción de
‘My kind of town Chicago is?’
Encontraba las mujeres más guapas de Hollywood
Para Sam
Momo Salvatore Giancana era su verdadero nombre
Sus amigos Franki, Sammy, Dean y John
Sólo le llamaban Sam
Encargaba asesinatos como se encarga el desayuno
Jamás bromeaba, era un verdadero asesino
Murió en una carbonera de Chicago
Sam Giancana
Özkan Mert
(Traducción de Baris Tugberk)
martes, septiembre 14, 2004
Pero vos ni siquiera imaginás...
Y vos sos imbécil. Bobito. Vos sabés. Sería una lástima que fuera una mujer porque aunque acaba de meterse en un jardín no es precisamente el de Ronsard. Lo lamentaría mucho aunque en realidad no creo que lo sea. No son muchas las mujeres aficionadas a ese deporte brutal y despiadado aunque haya muchas aficionadas a los labios partidos de esos mismos hombres brutales y despiadados. Tampoco creo que una mujer fuera capaz de comentar de una forma tan inconsciente como lo ha hecho un mensaje sin haberse documentado antes, o al menos haber leído previamente los relatos de Cortázar. Ninguna mujer hablaría de deslices sin comprobar antes la cáscara de plátano (amarillo, con motitas oscuras) y el parte médico del hospital del tristemente deslizado (contusiones varias en la cabeza, fracturas en húmero y tercera falange del índice). No, me resisto a creerlo… así que, señor bobito… vaya moviendo las piernas de la mejor manera que sepa. Vos sabés.
Fíjese que hasta hoy creía que la tradición ancestral de decorar las estanterías del saloncito con los lomos de piel y nervios dorados de las obras completas de Dostoievski (y quien dice Dostoievski dice Cortázar) era patrimonio exclusivo de los españolitos, pero compruebo con amarga decepción que no sólo Lázaros españoles tuvieron amos hidalgos de apariencias. Y mire que me gustaría que usted no fuese argentino como parece, que uno ya se ha acostumbrado a los escritores y lectores que rascan su barriga en el mármol de las mesitas del café –tertulia de moda, con mucha jerigonza de muecas intelectualoides, mucho quitar y poner de gafas entre citas de galletitas de la suerte del restaurante chino de Pepe Lee, que también tiene su gracia el apellido con semejante y tan hispánico nombre. Pepe lee. Y un carajo. Uno, señor bobito, ya se va acostumbrando en esta nuestra España de “aparentes” a las presas que revientan y a los edificios que se caen con la primera puta que apoya el tacón en la pared, como se va a acostumbrando también al libro de Cortázar “Final de Juego” calzando la maldita mesa coja de la cocina. Mire que me va a costar aceptar que estas cosas también pasan en otros lugares del mundo. Que ya estoy viejo, señor bobito, para estas decepciones. Vos sabés.
Y usted pensará ahora mientras lee (ojalá no se llame Pepe ni tenga un restaurante de comida china) que todo esto le parece excesivo para una pequeña equivocación. “Yo sólo pasaba por aquí… y creí… yo pensaba… pero no… quizá me equivoqué, no recordaba… me confundí” y toda esa sarta de ñoñerías absurdas que me provocan arcadas. Ni siquiera lástima. Sólo infinitas ganas de vomitar. Vomitarle encima, señor bobito. Vos sabés. Quizá si hubiera comentado un poema de la Stormi, incluso alguno de los que puse de Carver, quizá ahora debatiríamos su equivocación sentados bajo un tamarindo en el jardín tomando una taza de té verde con canela, cardamomo y una pizquita de laúdano, mientras alabamos el vuelo aleve de las aves livianas levitando sobre nuestras propias aliteraciones. Pero no. Fue a tocar equivocadamente en la puerta equivocada del tipo equivocado. También es jodida mala suerte, ¿eh? “Ni un solo comentario a ninguno de los mensajes y tuve yo que escribir uno. Más me valdría guardarme mi lengüita de lagartija en algún mefítico lugar del tracto intestinal y defecarla y que se la llevara el agua del urinario. Quién me mandaría…” Etc, etc… Comentar a la ligera un mensaje de boxeo. De Cortázar. ¿Pero a quién se le ocurre, bobito? Ahora se encuentra con su traje de los domingos, ése que se pone para ir a ese café tertulia donde se rasca la barriga y le mira el escote a la camarera para luego ir a casa y decirle a la mamá o a la parienta “voy a ver si escribo o leo algo mientras las musas del café aún me acompañan” para acabar mordiendo el bolígrafo e imitando el pulso firme de Onán mientras las tetas de la camarera aún le… acompañan. Sí, justo ahora se encuentra con ese mismo traje impoluto, a media noche, en un callejón oscuro del Barrio de Nueva Pompeya, donde los pibes desde pequeñitos golpean las paredes para fortalecer los nudillos y se parten la cara imitando a Firpo, a Carlitos Monzón o a Justo Suárez, y con un tipo con muy mala baba al que acaba de acusar de un desliz sin ni siquiera haberse tomado la molestia de leer antes el relato y documentarse. Para deslices, señor bobito, los de su señor padre en el burdel de la Negra Tomasa o los de su puta madre con el repartidor de la leche. Esos sí son deslices en toda regla. Vos sabés. No le basta con meterse en la casa del Negro, escuchar de su boca la historia del Toro de las Pampas, mirar sus fotos, sino que se atreve a hablar de deslices inexistentes. Ahora no diga que no entiende que le esté metiendo “duro y parejo”, que decía el patrón de Justo Suárez en ese cuento que no se tomó la molestia de leer antes de comentar. “Dále ápercat, dále ápercat”, decía. Y eso hago: Encajarle la biaba, a ver si saca de una vez el libro de debajo de la pata de la maldita mesa coja de la cocina. Y lea, carajo, aunque no se llame Pepe ni tenga un restaurante de comida china. Que también tendría maldita la gracia. Vos sabés.
Por Horacio Pagani, del Diario Clarín. (Anotaciones en cursiva: Sutpen)
“Antes, en la prehistoria deportiva, se forjaban así los ídolos: de boca en boca, de emoción a emoción, de verdad a leyenda. Y no había dudas en la memoria popular. No hacía falta la evidencia de la televisión. Alcanzaba con el relato vertical y sincero, con el sentimiento compartido. Claro, se necesitaba pasta para llegar a la cima del reconocimiento, como siempre. O más que ahora, simplemente. Justo Suárez, el Torito de Mataderos (alter ego de Cortázar en el relato por boca de quien habla) , reunía todas las condiciones: infancia pobre, 24 hermanos, lustrador, vendedor de diarios, mucanguero (mucanga era la grasa liviana que bajaba por las canaletas de los mataderos), buena estampa, coraje ilimitado adentro del ring, simpatía afuera (si el afiche de su sonrisa se parecía a la de Gardel), fidelidad a su clase, amigo de los pibes, matrimonio joven con una telefonista, Pilar Bravo, Estados Unidos, ascenso social, "voiture" amarilla, ropa importada, caída estrepitosa, abandono de su mujer, miseria, tuberculosis y muerte a los 29 años. Por eso, cuando su cuerpo fue traído de Cosquin, y el cortejo fúnebre enfilaba hacia la Chacarita, una marea humana levantó el cajón y lo llevó en vilo hasta el Luna Park para ofrecerle el adiós agradecido en un velotorio de congoja memorable.
Justo Suárez pasó como un relámpago por la vida. Llegó como un regalo de Reyes -la noche del 5 de enero de 1909- a una casa modesta, vecina a los corrales de Mataderos (de ahí su apodo), donde sobraban hijos y faltaba el pan. A los 9 años ya trabajaba a los 19 era boxeador profesional, y a los 29 todo había terminado. Le alcanzaron 29 peleas para convertirse en el ídolo de los argentinos, allá en los años 30, cuando golpeaba la crisis de la depresión económica mundial, cuando la figura de Luis Angel Firpo se esfumaba en la memoria, cuando el boxeo -casi una rebelión contra la pobreza- convocaba multitudes en el Parque Romano, en la vieja cancha de River, en el Luna.
La comunicación fue inmediata. Su velocidad, la potencia de sus golpes, su generosidad, su valentía, le valieron un campeonato de novicios, dos de veteranos y dos coronas sudamericanas, como aficionado. "Tenía un estilo sin estilo"(“Una vez en El Gráfico un coso escribió que yo no tenía estilo. Me dio una bronca, te juro”.) , lo definió el recordado Félix Daniel Frascara. Categoría liviano, 48 peleas, todas ganadas, 42 antes del límite. Ya era el Torito y marcó el hito: la irrupción de la "orilla" en el mundo del boxeo, hasta entonces exclusivo de "niños bien". Cada pelea suya era una fiesta. Camiones desbordantes de admiradores llanos, ruidosos y espectaculares, con sus matracas, bocinas y bombas de estruendos lo acompañaban. Lo formó Diego Franco, pero fue Pepe Lectoure (el tío de Tito) (A quien Justo Suaréz llama en el cuento patrón: “Mala pata, patrón", le dije. Qué más le iba a decir. Él dale que dale al tabaco”.) quien llevó el timón de su carrera. Pasaron Moya, Bianchi, Mallona, los Marfut, Venturi Fernández, Rayo, y algunos otros, hasta que llegó el momento clave: el choque por el titulo argentino con Julio Mocoroa, ( “Y a Mocoroa igual, qué querés. Flor de leñada, viejo, se me agachaba hasta el suelo y de abajo me zampaba cada piña que te la debo.”) otro legendario. Justo era la imagen del barrio, el peleador frontal, el ídolo popular. Mocoroa representaba a la clase media, al estudiante de odontología, al estilista, al campeón. Ganó Suárez por puntos y trepó a la gloria deportiva, al esplendor mundano. (“Vos sabés que esa noche después de la pelea nos juntamos en un bodegón, estaba toda la barra y fue lindo verlo al pibe que se reía, y me dijo qué fenómeno, che, cómo fajás, y yo le dije te gané pero para mí que la empatamos, y todos brindaban y era un lío que no te puedo contar...”)
Ya había ganado una fortuna cuando viajó por primera vez a Estados Unidos. Y arrasó. Glick, Perlick, Flowers (Bruce Flowers a quien Cortázar hace referencia en el cuento: “El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o algo así. Duro de pelar, che. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a vuelta.”), Ray Miller, Kid Kaplan. En el segundo viaje -en busca del titulo mundial- tropezó con Billy Petrole (“El expreso de Fargo”, a quien Cortázar se refiere como el rubio: “A lo mejor yo lo miré así al rubio esa noche. Qué sé yo, para acordarme estaba. Qué biaba, hermano. Ahora no vas a andar disimulando. Te fajó y se acabó.”), un temible "probador" de figuras. Y perdió estrepitosamente en nueve asaltos. Perdió su primera pelea y "perdió" el amor de Pilar Bravo. El fantasma de la tuberculosis ya lo había atrapado. Y el declive fue cruel y vertiginoso. Victor Peralta (“Otra que ganar, si no me salía nada, y vos sabés cómo pegaba Víctor. Ya sé, ya sé, yo le ganaba con una mano, pero a la vuelta era distinto. No tenía ánimo, che, el patrón menos todavía, qué te vas a entrenar bien si estás triste.”) le quitó el titulo y se ganó el odio popular. Quiso volver, doblado por su enfermedad y lloró Pathenay, su último vencedor, como lloró el estadio entero, frente a esa caricatura de boxeador que quería seguir peleando contra su propia sombra.
Murió tres años después, el 10 de agosto de 1938, en un hospital de Cosquín, con la única compañía de su hermana, en la miseria total y con la sonrisa ojerosa.
No importa si se lo vio o no sobre un ring. La memoria popular lo hizo ídolo. El primero del boxeo argentino. Y por eso la proyección no tiene límite en el tiempo.”
[Otros boxeadores a los que Cortázar hace referencia en el cuento son el El “Tani” Loayza (“La noche del Tani, te acordás pobre Tani, qué biaba. Se veía que el Tani estaba de vuelta. Guapo el indio, me sacudía con todo, dale que va, arriba, abajo.”), Luis Rayo, púgil español de depurada técnica (“No te voy a decir que yo era como Rayito, eso era para ir a verlo, pibe, y Mocoroa lo mismo.”), el campeón de peso liviano de Inglaterra, Fred Webster, que Suárez noqueó en la primera vuelta para estupefacción del príncipe Eduardo de Windsor, presente en el ringside (“y te acordás que decían que era el campeón de Inglaterra, o qué sé yo qué cosa. Pobre rubio, lindo pibe. Me daba no sé qué cuando nos saludamos, el tipo chamuyó una cosa que andá a entendele,”) entre otros de menos calado, como Juan Carlos Casalá, el uruguayo.]
Ahora, si fuera un tipo sensato se comería su orgullo y no volvería a pisar El Ciento, pero mucho me temo que habrá una próxima vez y esa próxima vez no le cogeré con el traje de los domingos puesto. Así ha de ser. De hecho no podría ser de otra manera. Pero tendrá que mejorar ese juego de piernas. No hablamos de la Stormi. Hablamos de Firpo, de Justo Suaréz, de Jack Dempsey… y de Cortázar. No hay lugar al tamarindo salvo para mear en el tronco sus iniciales.
:/
domingo, agosto 15, 2004
Buscando a Firpo...
De mi padre heredé dos cosas de valor: libros y amigos. “Nene, cada vez te parecés más a tu papá”, me dice con ese acento porteño que se niega a abandonarlo mientras me da algunas palmadas en la espalda invitándome a pasar. He acabado resignándome a que me siga llamando “nene” pese a los años que nos contemplan a ambos. Siempre fui “el nene” y las cosas no parecen haber cambiado demasiado para él, aunque, muy a pesar suyo, cambien sin cesar y hayan dejado de vender brillantina y hacer buenos cócteles y tenga que conformarse con gomina del Mercadona y los San Franciscos infectos del chico del pub de abajo. Así que le evito malos tragos, Sé que no soporta los cambios. Su casa es un santuario para los amantes del boxeo. Fotos en blanco y negro de Muhammad Alí, Rocky Marciano, Carlitos Monzón, Marvin Hagler y de su predilecto, “Sugar” Ray Robinson decoran las paredes de su modesto piso en el centro de Madrid. Hay decenas de trofeos amontonados en las vitrinas de los muebles del salón, sobre la televisión y como sujeta libros en las estanterías, la mayoría ganados en Argentina. Mi padre conoció a F. en una de las veladas de boxeo del viejo cine Numancia, cuando éste apenas contaba 20 años y acababa de llegar a España con ínfulas de firme promesa del peso ligero. “Tú papá ganó mucha plata conmigo al principio, nene”, suele decirme. Por aquel entonces mi padre gastaba parte del dinero que no teníamos como promotor de combates semiclandestinos entre jóvenes púgiles sin blanca reclutados en gimnasios con promesas de dinero fácil e indoloro… o casi. “Carne de ring”, que decían. En uno de esos gimnasios “El Negro F.” conoció a L., mujer de extraordinaria belleza que frecuentaba esos lugares en busca de su perversión favorita: los boxeadores. “Y tu papá no lo era. Tu papá gastaba cara linda, chaquetas caras, zapatos limpios, perfumes extranjeros y palabras finas, pero no usaba guantes y en calzón resultaba ridículo, así que le afané a la L.” me dice con una sonrisa entre amarga y orgullosa. Más tarde L. le afanó a él el corazón, el dinero, la dignidad y lo más importante en un boxeador: la pegada. “Negro, L. te volvió blando, te convertiste en pura mantequilla, sin llamarte Nápoles”, le decía mi padre entre risotadas. F. reía también, más resignado que divertido. “Por aquella mina, nene, hasta tu papá se hubiera convertido en aceite de girasol por despertar un solo día a su lado… y yo amanecí junto a aquella hembra dos años”, me explica bajando paulatinamente la voz hasta casi un susurro con un brillo vítreo engastado en las pupilas. Poco más tarde, justo antes de arrastrar los guantes por los cuadriláteros y cuando aún conservaba algún cartel, vendió un par de derrotas a buen precio, compró un ultramarinos y se retiró.
Existencialismo. Y un carajo. Cuando se crece rodeado de tipos que tienen la nariz rota, usan brillantina, fuman tagarninas y escuchan veladas de boxeo pegados a la radio, la libertad para escoger no existe. Acabas deseando que un cualquiera te rompa también la nariz en una reyerta callejera. Y a fé que alguna vez lo han intentado. Sin suerte, desgraciadamente. A los ocho años muchos niños se iban a la cama con cuentos de apuestos príncipes mata-dragones. Otros, con la increíble historia de Firpo y la noche en la que casi le gana a Jack Dempsey, “El Martillo de Massana”.
“Cuéntamela otra vez, F.”, le digo, mientras doy el primer sorbo a mi dry martini. Nadie cuenta esa pelea como “El Negro F.” Él, como otros muchos boxeadores argentinos, debe a Firpo su afición al boxeo. De hecho, aquella pelea en el Polo Ground de Nueva York, resucitó el, por aquel entonces, maltratado y perseguido boxeo en Argentina hasta convertirlo en casi una religión. “Te la contaré tal y como me la contó mi papá”, me dice, mostrándome una sonrisa escasa de dientes. Su padre fue uno de los más de diez mil aficionados bonaerenses que aquel día de 1923 abarrotaron los alrededores del periódico “La Nación” esperando ver en el letrero luminoso de la fachada el nombre del púgil argentino. El diario dispuso un complejo aparato telegráfico, para poder contar con la noticia al instante, de manera que colocaron un cartel en la entrada de su redacción con los nombres de ambos contendientes que se iluminaría al anunciar al vencedor.
Firpo era un gigante de un metro noventa y casi cien kilos de peso. Lejos de la leyenda negra de “chicos malos” que persigue a la mayoría de boxeadores, el de Junín era un tipo bonachón y amable que sonreía constantemente y que sólo desataba su temible pegada en los rings de boxeo y lo hacía de forma casi resignada, como quien se levanta cada mañana a las siete a trabajar porque no tiene más remedio que hacerlo. Y sobre todo, peleaba con una nobleza pocas veces vista sobre un cuadrilátero. “Parecía pedir perdón cada vez que hundía un pómulo o rompía una mandíbula, nene”, me dice F. inclinándose hacia delante en el sillón. Pese a afirmar en días precedentes que la pelea no le llegaba en el mejor momento por una inoportuna fractura en el húmero de la que todavía se resentía, en ninguna otra pelea estuvo tan seguro de su victoria. Llegó al Polo Ground a las 21.30 en un taxi, sonreía constantemente, gastó algunas bromas a los miembros de su equipo e hizo gala del mismo buen humor de siempre. “Un mes antes había soñado que besaba el cinturón de los pesados y hasta guardaba el sabor metálico del latón dorado en la lengua, lo guardé hasta esa misma noche antes de que el sabor de la sangre en la boca me lo borrara. Entonces supe que no iba a ganar”, confesó después de la pelea a un periodista. A las 21.55 los contendientes subieron al ring aclamados por las casi 90.000 personas que abarrotaban el Polo Ground de Nueva York y las otras 90.000 que llenaban los aledaños al estadio. Firpo cubierto con su famosa "robe de chambre" a cuadros; Dempsey, con un sencillo sweter en la espalda. La campana que daba comienzo al combate sonó a las 22:03 de la noche. Fue la primera pelea calificada como “La Pelea del Siglo”. Después llegaron otras, como las de Rocky Marciano contra Archie Moore, “Sugar” Ray Robinson contra Jack LaMota y sobre todo las de Muhammad Alí, contra George Foreman en el Zaire y especialmente sus míticos combates contra el indomable Joe Frazier, con fracturas, sangre y hospitalizaciones de por medio. Pero los críticos afirman que ninguna otra pelea despertó tanta expectación como la de Firpo contra Dempsey. Desde muy temprano, una enorme muchedumbre formó largas filas para adquirir las entradas populares que se vendían el mismo día del combate. A las 16:30 de la tarde se abrieron las puertas y entraron los primeros diez mil fanáticos. El tráfico en las cercanías al estadio era un caos y el caudal de personas que se acercaban en las líneas de transporte públicas formaba una auténtica marea humana. Según un cable noticioso de la época: “Hacia las 19:00 horas comenzó un verdadero alud humano. Las líneas elevadas de las Avenidas Sexta y Novena, que corren por la Octava Avenida y tienen estación frente al mismo Polo Grounds, al igual que los trenes subterráneos que corren por la Lenux Avenue y la Jeronie Avenue, funcionaban a su capacidad máxima de transporte, sucediéndose los convoyes especiales con intervalos de segundos entre uno y otro”. La prensa también fue masiva: mil fueron los cronistas acreditados al evento, 300 en el ring side y 700 en las gradas. “En ninguna otra ocasión me sentí tan gallo de pelea como aquella noche. Si hubiera matado a Dempsey o él me hubiera matado a mi, aquella muchedumbre hubiera rugido de placer de igual manera”, le dijo Firpo a Dan Washington, el famoso masajista que le asistió aquella noche.
“El primer asalto comenzó con un intercambio feroz de golpes salvajes que nunca antes o después fue vista”, dice F, lanzando algunos golpes al vacío. Luis Ángel Firpo dirigía una y otra vez su demoledora derecha buscando la cara de Dempsey y “el Martillo de Massana” se fajaba con destreza buscando los huecos que el argentino dejaba en su guardia para enviarle golpes rápidos y duros. Firpo superaba al americano en pegada pero el de Colorado era más técnico y su juego de piernas era de los mejores que se han visto sobre un cuadrilátero. Antes de acabar el primer asalto Firpo ya había besado la lona cuatro veces y sangraba como un toro por la boca y la nariz. Luis Ángel Firpo, “El toro salvaje de las Pampas”, así lo bautizó el periodista Damon Ruyon, al verlo sangrar profusamente e incorporarse inmediatamente con gran nobleza. “Fue uno de mis errores aquella noche, debí agotar mis cuentas hasta nueve antes de levantarme”, se lamentó después Firpo. Fue entonces, finalizando el primer asalto, después de levantarse por cuarta vez de la lona, tras registrar una serie de nueve golpes consecutivos sobre el cuerpo de Dempsey, cuando llegaría el, sin lugar a dudas, knockout más famoso de la historia del boxeo. “Mi primer sentimiento fue de incredulidad al ver a aquel hombre de casi 90 kilos volando como una grácil mariposa fuera del ring. Recuerdo que me miré con extrañeza el puño derecho”, afirmó Firpo días después. El bonaerense había sacado un terrible gancho de derecha que había enviado a Dempsey entre las cuerdas hasta aterrizar en el “ring side” donde se agolpaban los periodistas. Dos de ellos, el comentarista Jack Lawrence y el operador de Western Union, Perry Grogan, ayudaron al campeón a reincorporarse y regresar al ensogado para continuar el combate. En este preciso instante comienza también una de las mayores polémicas suscitadas jamás por una pelea de boxeo. Se aseguró que Dempsey tardó más de los segundos permitidos para regresar al cuadrilátero, incluso, en el libro biográfico de Firpo se afirma que el film de la pelea fue adulterado porque era una prueba de ello. Hasta los citados Lawrence y Grogan fueron despedidos tiempo después de sus respectivos trabajos. Lo que no hizo más que alimentar la polémica. El árbitro del match, Johnny Gallagher, fue suspendido poco tiempo después por la federación americana de boxeo durante cinco semanas por motivos nunca conocidos. “Al Toro le afanaron la victoria, nene, con la facilidad de quien le roba un caramelo a un niño”, dice F. con un deje de tristeza en la voz. Tal fue la repercusión del asunto, que hasta la máquina de escribir sobre la que supuestamente cayó la humanidad de Jack Dempsey, fue subastada tiempo después y adquirida por un coleccionista a un precio astronómico. "Es el mejor peleador con quien haya luchado hasta ahora; me ha pegado más fuerte que ningún otro pugilista. Antes de la pelea me preguntaba si Firpo estaría calificado para pelear, pero, sin duda que si", aseguró Dempsey tras la pelea. Incluso cuando el campeón americano visitó Argentina, algunos aseguran que confesó que esa pelea reglamentariamente la había perdido. La noticia falaz del definitivo knockout de Firpo corrió como la pólvora en los barrios más periféricos de Buenos Aires y muchos argentinos pasaron la noche festejando la victoria del Toro hasta que al día siguiente encontraron la noticia de la derrota en los diarios. Lo cierto es que Dempsey se incorporó, entró al ring, continuó la pelea e inmediatamente sonó la campana para señalar el final del primer round. El segundo asalto apenas duró 57 segundos, los suficientes para que el “Martillo de Massana” castigara con dureza con golpes de izquierda y derecha la ya maltrecha mandíbula del argentino derribándolo por tierra una vez más. A pesar de ello aún le aguantaron las fuerzas al Toro para, enceguecido, haciendo caso omiso a las más elementales reglas de defensa del boxeo, abandonando la guardia y la sensatez, colocarle un terrible “swing” en la mandíbula al americano, pero Dempsey se levantó sereno y descargó furiosas y rápidas derechas sobre Firpo hasta derribarlo. Cuando el Juez Gallagher contaba el octavo segundo, Firpo hizo un último esfuerzo por levantarse, pero sólo logró levantar la cabeza para quedar KO inmediatamente. Este fue su último gran esfuerzo durante la pelea. “Me siento en excelentes condiciones y repito que dentro de seis meses o un año podré vencer a Dempsey”, fueron sus primeras palabras tras recuperar el conocimiento. La esperada revancha nunca llegó. Tras la calificada como “Pelea del siglo”, Dempsey no combatió por espacio de tres años, transcurridos los cuales, entregó la corona inmediatamente después ante Gene Tunney.
El Negro F. hace una pausa, apura su copa de coñac, y añade, los ojos fijos en el fondo del cristal, su sonrisa desdentada perenne en los labios gruesos: “Creo que es el único boxeador en la historia al que le alcanzó la fama por perder un combate. En la Argentina fue recibido como un héroe, todos los niños queríamos perder como Firpo, sangrando como un toro por la nariz y la boca”. Tiempo después, hasta Cortázar llegó a inmortalizarlo en uno de sus cuentos, “Circe”, no fuera a ocurrir que algún Juez Gallagher, disfrazado de tiempo, olvido o abandono volviera a contarle menos segundos de los debidos al pobre Toro Salvaje de las Pampas:
"Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial."
viernes, agosto 13, 2004
Mensaje en una botella
Esta noche mientras entretenía el tedio de la guardia sentado sobre la amura de babor, leyendo a Milosz bajo la luz del carburo me acordé de usted. La vi de forma clara, diáfana reflejada en estas pocas letras. Tal y como veo la luna llena respirando bajo el negro oleoso del mar. Sus ojos verdes (sin duda), su pelo rizado (quizá), sus labios carnosos (seguro). Alguien (Olson, el sueco) tocaba una melodía triste con la armónica desde uno de los camarotes. No he podido reprimir el impulso: he cogido una botella vacía de bourbon de la cocina, he garabateado estas palabras, este poema, sobre papel de estraza, lo he enrollado, metido dentro, sellado con un tapón y arrojado al mar, con el convencimiento de que los mensajes en un botella... llegan o no. Siendo plenamente consciente. Asombrosamente lúcido.
Desde la Baja California, fondeado en Santa Rosalía. 27° 19' Latitud N y 112° 17' 30" Longitud O.
Un beso,
Sutpen
Montaña mágica
No recuerdo con precisión cuándo murió Budberg;
[hará dos o tres años.
NI cuándo murió Chen. Hace un año o más.
A los recién llegados, Budberg, nostálgicamente
[sereno,
Dijo que al principio es difícil acostumbrarse
Porque no hay aquí primavera ni verano, ni otoño
[ni invierno.
"Soñaba constantemente con la nieve y los bosques de
[abedules.
Donde casi no hay estaciones, uno ni se da cuenta
[de cómo pasa el tiempo.
Esto es, verá usted, la montaña mágica."
Budberg: en la infancia, el apellido de sus
[antecesores.
Era importante en la provincia de Kiejdany
Esa familia rusa originada de los alemanes desde el
[Báltico.
No leí ninguno de sus estudios, demasiado
[especializados.
Y Chen, según dicen, ha sido un excelente poeta.
Debo creerlo sin prueba porque escribía sólo en
[chino.
Octubre caluroso, fresco el mes de julio, en febrero
[florecen los árboles.
Los vuelos nupciales de los colibríes no anuncian
[la primavera.
Sólo el viejo arce, despojándose de las hojas cada
[año, en vano,
Porque ésta ha sido la sabiduría de sus antepasados.
Sentí que Budberg tenía razón y me rebelaba contra
[ella.
Entonces, ¿no me será concedida la fuerza?, ¿no
[salvaré el mundo?
¿Y no serán mías ni gloria ni tiara ni corona real?
¿Acaso me entrenaba a mí solo
Para componer los versos a las gaviotas y a la brisa
[del mar,
Escuchando cómo rezumban en la bahía las sirenas
[de los barcos?
Hasta que pasó. ¿Y qué pasó? La vida.
Ahora no me avergüenza mi derrota.
Una sola isla velada de nubes donde ladran las
[focas
O el ardor del desierto, ya son el don suficiente
Para que el hombre diga, yes, tak, sí.
"Incluso durmiendo trabajamos en la creación
[del mundo."
Sólo de la persistencia nace la persistencia.
De mis actos trenzaba la invisible soga
Y subía por ella, y ella no me dejó caer.
¡Qué procesión! ¡Quelles délices!
¡Qué birretes y vistosas togas!
Most Distinguished Professor Chen,
Mnogouwazajemyj Profesor Milosz,
Quien solía escribir poemas en un idioma extraño.
¡Quién irá a contarlos! Aquí el sol
Hace palidecer la llama de sus altas velas,
Y cuántas generaciones de los colibríes acompañan
[su paso
Mientras ellos avanzan. Por la montaña mágica.
Y la fría bruma del mar significa que de nuevo
[estamos en julio.
Czeslaw Milosz
"Setenta y cinco marineros se hicieron a la mar,
sólo uno de ellos vivo habría de tornar"
R. L. Stevenson. La isla del tesoro.
