Era también Navidad. Una navidad de nieve en aerosol y abetos de neón. Como sólo son posibles las navidades en esa parte del mundo.
Fue su segundo pensamiento. Un pensamiento tan lúcido, tan pulido, que parecía haber estado allí mucho tiempo: “Cuando abres una puerta nunca sabes cuántas cierras al mismo tiempo”. Aunque en realidad el primero no fue un pensamiento sino un grito sordo que estalló en sus entrañas, le abrasó la garganta y se apagó justo en la punta de la lengua. Eran las ocho de la mañana de un día de navidad cuando abrió aquella puerta y ella se desplomó de espaldas sobre sus pies, golpeando con estrépito el suelo con la cabeza.
Su largo pelo negro era una mancha oscura derramada sobre el piso. Tenía los brazos en posición inverosímil y sollozaba palabras ininteligibles. Él se arrodilló en silencio, con aquel grito apagado y doloroso quemándole aún en la garganta, apoyó la espalda de la chica sobre su pecho y pasó un brazo detrás de su cuello rodeándole los hombros mientras aspiraba grandes bocanadas de aire como un pescado en tierra. Buscó con la mirada a alguien –a un Dios, a un demonio, a alguien- en el oscuro cielo de cemento del rellano y cuando, al fin, logró convencerse de que estaba solo, consiguió reunir el valor suficiente para fijarse en ella: había rastros de coca bajo su nariz perfecta, su aliento apestaba a alcohol y alguien se había comido el rouge de sus labios a dentelladas. La tomó en brazos sin esfuerzo porque pese a su estatura no pesaba. Uno de sus zapatos de tacón había bajado dos escalones y el otro cayó al elevarla. Resbalaron también de una de sus manos las llaves con las que quizá horas o minutos antes había intentado abrir la puerta para acabar derrotada, exhausta y sentada de espaldas contra la puerta. Las bragas en los tobillos mantenía sus piernas muy juntas y había un hilo de semen pálido deslizándose por la cara interna de uno de sus muslos desnudos. Lo notó pegajoso y frío en su muñeca mientras la llevaba en volandas hacia su habitación. Fue en ese tiempo, mientras recorría a grandes zancadas el pasillo con aquella mujer liviana entre sus brazos cuando lo entendió todo. “No pesa porque está vacía”, pensó. Fue su tercer y penúltimo pensamiento aquella mañana, porque para entonces, aproximadamente las ocho y cuarto de la mañana de un día de navidad, ya había tomado muchas e importantes decisiones y un cansancio bíblico se había apoderado de él.
La acostó vestida sobre su cama y la abrigó con varias mantas. Le tomó el pulso varias veces espaciándolas en el tiempo hasta que comprobó que poco a poco se le normalizaba. En la mesita de noche, en un portarretratos, junto a aquel rostro lívido y desvanecido que murmuraba palabras sin sentido sobre la almohada, había una chica de colores vivos que sonreía junto a un poodle negro. Una chica a la que –estaba seguro- no habría podido llevar en brazos sin esfuerzo. Le preparó un zumo de naranja con miel y se lo dio a beber a sorbos pequeños. “Déjame dormir contigo”, exhaló en un susurro apenas audible, como si aquellas palabras fueran la última cosa pesada que le quedara dentro para acabar de vaciarse del todo y convertirse en un ser etéreo e insustancial. Él negó con la cabeza. “Sabes que no serviría de nada, cariño”, añadió con, probablemente, la sonrisa más triste de la ciudad a aquella hora de la mañana. Porque ya lo había hecho otras veces. Cuando llegaba a casa al amanecer, completamente ebria, zozobrando como una funambulista sobre sus altos zapatos de tacón, golpeándose contra las paredes, y llamaba a su puerta y le pedía que la dejara dormir a su lado hasta que el calor de su cuerpo abrazado, el alcohol y el agotamiento del llanto la sumían en un sueño tan profundo como la muerte.
Dejó besos en su frente y en sus manos heladas antes de salir y cerrar la puerta sin ruido. Y se dirigió por el pasillo hasta su habitación. Una maleta a medio hacer sobre el armario, paredes desnudas y unos cuantos libros en las estanterías. Luego fueron pasando los años y quizá eso fue de las pocas cosas que nunca cambiaron. “Tu habitación es la de un soldado, como la de un tipo que temiera tener que huir algún día a medianoche”, llegó a decirle alguien tiempo después. No era medianoche. Eran las nueve de una mañana de Navidad. Metió los libros en una bolsa de plástico y una vida ligera en una sola maleta. Dejó tres meses de alquiler sobre la mesa del comedor y salió de aquel piso cerrando de un golpe la puerta. Otra más aquella mañana de navidad.
Mientras esperaba el ascensor, volvió la vista hacia la escalera. Uno de los zapatos de tacón ya había bajado el primer tramo de escalones y esperaba en el descansillo inferior. El segundo acometía el tercer escalón. Por un momento le pareció que huían como forajidos condenados a muerte bajo aquel oscuro cielo de cemento sin dioses, sin demonios. Sin nadie.
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viernes, diciembre 30, 2005
Feliz Navidad.
domingo, diciembre 04, 2005
The Best
"Gasté gran parte de mi dinero en alcohol, mujeres y coches y el resto lo malgasté"
(G. Best)
Había ropa y flores desparramadas por toda la habitación y al andar descubrió también algo pegajoso adherido al suelo. Probablemente restos del champán francés procedente del mágnum vacío abandonado junto a una de las patas de la cama. Sobre ella, en aquella suite del Hotel Hilton de Londres, George Best abrazaba con una sonrisa somnolienta a Miss Mundo, una voluptuosa americana llamada Marjorie Williams. Aquella mañana de 1972, un hombre mayor, norirlandés como Best, había sido el camarero encargado de subir el desayuno a la suite del astro del United: huevos benedictine, zumo de naranja y más champán. Después de dejar la bandeja sobre la mesa y antes de salir, dudó unos instantes frente a la puerta, finalmente se giró, miró con infinita tristeza al jugador que ya forcejeaba con el tapón de la botella y, con voz afligida, le dijo: “George, ¿qué pasó? ¿Por qué acabó todo tan mal?”
Se equivocan. No era un reproche por las circunstancias de aquella mañana. Aquel hombre sólo se estaba refiriendo a la última derrota del equipo.
Descansa en paz.
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sábado, noviembre 26, 2005
Before Sunset
"But when we were together alone
You didn't seem like a player at all"
Antes me resultaba tan fácil encontrarlas. Bastaba con dejar que me mirase con aquella compasiva sonrisa de princesa caritativa mientras yo adoptaba el gesto de atónito granjero frente a las imágenes de Fellini, Bergman, Kurosawa, Kusturica, Ozu, Pasolini, Ken Loach... Ken Loach. Cristo.
Era tan fácil encontrarlas que en agradecimiento le compré un cine. Un cine pequeñito, íntimo, con un sofá grande y otro más pequeño, ambos en color verde. Un cine en el que se servía rooibos, té blanco, verde, negro, con canela y cardomomo, a la menta, de rosas, y con láudano en tazas que te besaban tibiamente. Un cine que le permitía a ella sentirse vieja y sabia y a mi un niño curioso. Un cine que aún conservo y que se ha envilecido con cautela.
Pero ahora, a veces, con la suerte del naúfrago, encuentro alguna -porque no es fácil encontrar demasiadas cosas cuando vives en un rincón- y el cine parece recuperar su antiguo esplendor. Entonces vuelvo a sonreir con el feliz asombro de un granjero y miro a mi derecha pero Alfredo ya no está. Y abandonado en el ahora enorme sofá verde dejo que Julie Delpy termine de cantarme el vals antes de subirme las mangas, elegir mi mesa y decidir cualquier cosa absurda.
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miércoles, octubre 19, 2005
One
Porque en el fondo siempre he creído en ella.
Porque se puede creer en algo cuando se reza pero también cuando se maldice.
Porque las maldiciones son siempre más creíbles que las plegarias.
Porque las maldiciones te provocan dolor y los rezos sólo esperanza.
Porque sólo el dolor es real.
Porque es más fácil creer en lo real.
Porque resistió al temor, al amor, a la felicidad, a la pasión, al miedo, al vértigo, al vacío, al dolor, al asco, al desprecio, a los remordimientos, a la tristeza, a la nostalgia, a la melancólica placidez, al recuerdo y por último a la memoria.
Porque me resistió.
Porque alguien me dijo que “la llevo tatuada en la piel”.
Porque alguien me dijo que huele a mi.
Porque alguien me dijo que sabe a mi.
Porque nadie estuvo nunca tan cerca de mi piel como para saber todo eso.
Porque no estaba cerca. Estaba debajo.
Porque ningún ser vivo puede estar debajo de la piel de alguien sin convertirse tarde o temprano en una enfermedad.
Porque las enfermedades son más fáciles de curar cuando se entienden.
Porque las cosas que se leen se entienden mejor.
Porque en ella pude leerme.
Porque en ella sigo leyéndome a pesar de todo.
Porque en ella sigo entendiéndome a pesar de todo.
Porque en ella sigo creyendo a pesar de todo.
Porque alguien dijo que cualquiera que la escuchara podría ver sin dificultad el color de mi alma.
Porque ya no es un lugar, ni unos años, ni unos ojos azules que eran grises como el hielo sucio cuando la luz desaparecía tras las ventanas.
Porque ya es mía y vive en mi, sin tiempo, sin espacio, con o sin ventanas, con o sin luz.
Porque es mi canción.
Porque soy yo.
Porque es la única canción que siendo uno también puede ser dos.
Por suerte.
Por desgracia.
Una plegaria.
Y una maldición.
Una.
One.
Is it getting better
Or do you feel the same
Will it make it easier on you now
You got someone to blame
You say...
One love
One life…
Hasta hoy podían ver las glicinas agitarse bajo la brisa cálida de los atardeceres del Ciento. A partir de hoy también podrán escucharlas estremeciéndose en su rumor íntimo de hojas y flores. Los más osados podrán incluso acercarse un poco y contemplar el color del alma de ese tipo que dormita, lee o bebe té en su mecedora del porche. Porque sólo la música permite esta clase de milagros.
Y todo esto gracias a Rochi, mi hada madrina… Su gorro cónico estampado de lunas menguantes, la estela de polvo dorado que deja al caminar, su varita de cristal acabada en brillante estrella y su… sonrisa… la delatan.
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lunes, octubre 03, 2005
Hasta pronto (III)
Cuadro perteneciente al Buque-Museo "Sarmiento" en Buenos Aires, Argentina. Foto de Sutpen.
VENTANA
Miré por la ventana al amanecer y vi el joven manzano
Transparente en la claridad.
Y cuando miré de nuevo al amanecer allí había un gran manzano
Preñado de fruta.
Debieron pasar entonces muchos años, pero no recuerdo nada
De lo que ocurrió en el sueño.
Czeslaw Milosz
Berkeley, 1965
No serán años. Apenas unas pocas semanas. El manzano ni siquiera se habrá estremecido con los primeros fríos otoñales..
Hasta pronto.
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