domingo, diciembre 03, 2006

Latitud

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Más tarde, desde la playa, caminaron iluminados bajo el ya débil resplandor de las estrellas hasta el acantilado de rocas donde se sentaron, con la mirada perdida en la lejana línea del horizonte, a esperar el amanecer. Una sola vez se atrevió a mirarla con fijeza. Fue entonces, contemplando el perfil de su rostro iluminado por los primeros rayos de sol del nuevo día, cuando supo que sólo tenía que besarla cada mañana, cada noche, mientras ella miraba los cuerpos celestes para saber con precisión dónde se encontraba. Su ojo derecho, de perfil, era un perfecto sextante dorado. Después de tantos años perdido en la inmensidad del océano, sin rumbo fijo, guiado por cantos de sirena y estrellas fugaces, había encontrado… latitud, al fin.



("Sin latitud que ardan las orillas, que ardan las orillas..")

viernes, noviembre 10, 2006

Vaho.

Esta tarde encontré la ventana del salón empañada. Alguien respiraba versos hermosos tras el cristal.

Hago alusión a vos
porque perdí los puntos cardinales
del día
porque pronosticaron
tristezas mejorando hacia la tarde
y llueve.

(Irene Reises)

sábado, noviembre 04, 2006

Milagros

Tras el cristal, hieráticos como estatuas venecianas, asistimos al milagro.

"Llueve". "Llueve". "Llueve".

Como la lluvia, después de algún tiempo, también yo he vuelto. Aunque sigan existiendo lugares de los que no acabo de regresar del todo.

Por eso no hay nadie tras un cristal mirándome y repitiendo:

"Milagro, milagro, milagro".

lunes, septiembre 11, 2006

Sabía...

... que tarde o temprano alguien acabaría llamándoselo. Desde que lo vio por primera vez por televisión. No tiene los ojos azules, ni se dedica a la medicina precisamente porque sus padres querían que así lo hiciera. Pero con él comparte muchas cosas, entre ellas un ipod, la descuidada barba de tres días, una ostensible cojera -porque hay muchos tipos de cojera y no todas están a la vista de cualquiera- y ese sarcasmo cruel, afilado e hiriente que nace de una viva inteligencia autodestructiva aplicada a una tristeza convertida en rabia, que es precisamente en lo que se convierte la tristeza cuando se le pudre dentro. La tristeza que acumula desde hace meses no ha tardado en empezar a oler. Sólo necesitaba soñar la noche anterior de nuevo con ella, desayunar leyendo sus mensajes telefónicos que aún no ha tenido el valor de borrar, un papel no encontrado en la oficina, pisar un bolígrafo olvidado en el suelo y un inocente en el lugar equivocado, a la hora equivocada, con la persona equivocada y la conversación equivocada. Un inocente a quien conociera lo suficiente como para poder herirlo con profundidad. Y, desafortunadamente, casi siempre coincide que las personas a las que más conoces son también a las que más quieres.

“Eres un puto House amargado, Métete tu sarcasmo de mierda por el culo”, escupe con los ojos inundados en lágrimas.

Y frente a eso sólo una mirada vacía, hueca, fría. La que precede a un remordimiento bíblico. Los restos de polvo gris que siguen a una explosión en el cielo.

jueves, agosto 24, 2006

La grieta.

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Foto de Sutpen


El muro que separa realidad y ficción tiene grietas.

Una tarde –hace ya muchos años y tristezas- escribí que construiría un barco. Lo construiría en madera con mis propias manos y cuando lo hubiera acabado cosería las velas con la tela de la ropa blanca y perfumada de lavanda que noches antes hubiera robado de los tendedores sin vigilancia de la ciudad. Y en un amanecer cualquiera zarparía de una playa de arena blanca arrastrado por olas de color turquesa y vientos cálidos y suaves del Sur dejando una estela delgada, fugaz y brillante sobre el agua y un aroma fragante a flores en la brisa. Alguien que me observara desde la orilla pensaría que nunca antes había visto nada tan hermoso alejarse en el mar. Perdido en el tiempo y con algo de suerte perdido también en la memoria. Porque uno no desaparece de verdad hasta que no desaparece también en los demás. Al cabo de los años dejaría de ser un hombre. El sol, la lluvia, el mar, el viento, la soledad y el silencio moldearían un ser de necesidades primitivas y esenciales. Y cuando el capitán de aquel mercante turco hallara mi cadáver de anciano desecado por el sol, el viento y el salitre del agua de cinco océanos, el único resto de humanidad que encontraría en aquel barco a la deriva sería un estante en el pequeño camarote con unos cuantos libros amontonados y en desorden. Ni una bitácora. Ni una palabra. Ni una sola letra escrita de mi puño y letra. “Aquí no vivió un hombre. Vivió un árbol o una nube pero no un hombre”, diría.

En el muro que separa realidad de ficción he encontrado una grieta. No es muy grande, pero lo suficiente para que haya conseguido introducir un dedo.